En algún lugar ya he contado que cuando nací meé al doctor en su cara y que en venganza me extirpó la sensibilidad. También me extirpó otra cosa, aunque eso lo descubrí con el paso de los años: la personalidad.
Cuando era niño sabía que ser niño no servía para nada. En aquella época los niños no contaban. Así que no me preocupaba al ver que yo no tenía vicios ni ídolos como tenían otros niños, pensaba que esas cosas ya me vendrían cuando fuera mayor, es decir, cuando fuera algo. Me hice del Real Madrid porque todos los niños tenían un equipo favorito de fútbol, y como había que responder cada vez que un adulto te preguntaba con cara de imbécil “¿Y tú de qué equipo eres?”, me pareció que ser del Real Madrid era lo más conveniente. Cuando dejaron de preguntarme dejé de ser del Real Madrid. Y así con todo. No tenía un programa favorito de televisión: mis primos y mis amigos perdían el culo por llegar a tiempo para ver a los payasos de la tele. A mí me parecían simplemente eso, unos payasos. Rara vez me hacían reír y desde luego no los consideraba una prioridad frente a jugar a solas con mis cochitos.
Llegó la adolescencia y entonces sí empecé a preocuparme. Pensaba: “Jo, ya va siendo hora de tener personalidad”. Y la personalidad no aparecía. Creía que cualquier día me levantaría de la cama y sentiría que ya tenía personalidad, que ya por fin tendría criterio para discutir y defender con vehemencia mis posiciones inamovibles, mis preferencias, mis héroes, como hacían otros. Como hacía el cabrón de Pedro Expósito, que me levantó a la primera chica de la que me enamoré en mi vida. Pedro era el triunfador de la clase, el más abierto, el deportista, el que primero se desarrolló. Yo fui el último, pero al final fui más alto que él por diecisiete centímetros. Jódete, pigmeo.
Mientras otros discutían sin escucharse entre ellos, yo permanecía callado porque no sabía qué decir. La mayoría de las veces ni siquiera entendía porqué aquello parecía ser tan importante para ellos, porque hablaban de gente y sucesos desconocidos y lejanos. Pero, joder, no podía evitar sentir que tenía el cráneo vacío.
A pesar de lo que pueda parecer, con los años he madurado mucho. Ahora he descubierto que el no tener personalidad es una gran ventaja para moverte por la vida, porque te permite adaptarte a cada situación mimetizando la personalidad que más te conviene. Así puedo implicarme en mis tareas y desarrollarlas con un alto grado de éxito.
Por las mañanas soy un paciente conductor que se cabrea lo justo por tirarse 45 minutos para recorrer 16 kilómetros. Luego me convierto en un eficaz trabajador que es capaz de sacar adelante el trabajo con calidad y precisión como si le interesara lo que hace, sin desatender el blog ni los correos durante la jornada laboral. Mi no personalidad tiene una paciencia felina, pero cuando algún capullo me hace enfadar lo necesario, soy un implacable y educado irónico capaz de mandarlo a la mierda haciéndole creer que es un puto Dios. Por las mañanas apenas digo malas palabras (coño, joder, y ese tipo de cosas que tanto gustan a mis otras personalidades). A mediodía soy un buen devorador de alimentos, que se somete a esta tarea con especial dedicación. Por las tardes soy un tío tranquilo que viste en vaqueros viejos y empieza a largar improperios por la boca. Por las noches soy un ameno conversador degustador de vino o cerveza en buena compañía. Luego duermo como un cerdo y resulto un eficiente soñador en colores.
Y, además, soy el hijueputa esquizofrénico que despierta a los vecinos riéndose dormido.